Energía rebelde para recuperar el quichua

Eliza del Valle Rodríguez viajó a su Santiago del Estero natal para recuperar historias infantiles transmitidas de forma oral en lengua aborigen y, en ese viaje, recuperó su pasado.

En Caspi Corral, a 20 km de Vaca Huañuna. Eliza toma mate y charla con Gladys y Porfirio, hijos de Eloisa, entrevistada para el proyecto. Foto: Iván Siachoque Campos.
“No hables quichua, que parecés más india”

El consejo de su abuela Viviana -dicho con la única intención de protegerla de la discriminación- no pudo con el orgullo y la rebeldía de Eliza del Valle Rodríguez, oriunda de Santiago del Estero. A los 52 años, en un bar de la ciudad de Buenos Aires, Eliza recuerda que cuando ella era pequeña “La Hechicera” -como algunos conocían a su abuela- simultáneamente le recomendaba olvidar su lengua natal y la llamaba “Suniyay”, que en esa voz significa “alargarse para adentro”, en el sentido de crecer.

Con el paso de los años, lo que se fue alargando fue la necesidad de Eliza de recordar vocablos de su infancia. “Quería saber cómo llamábamos a los frutos que comíamos mi prima y yo en el monte”, dice y simplifica, así, un deseo cuya realización podría ser mucho más grande y definitorio que aprender palabras sueltas. Comenta que aún hoy suele insistir a su madre para que le enseñe algunas voces en quichua, pero muchas veces se encuentra con una insistencia que cuadra con el mandato familiar. Eliza es perseverante.

Eliza del Valle Rodríguez
Eliza del Valle Rodríguez

Como bibliotecaria del Instituto Nuestra Señora de la Paz, ubicado frente a Ciudad Oculta en Villa Lugano, empezó a incorporar el quichua en las coplas, adivinanzas y cuentos que comparte con los niños. Muchos provienen de familias del norte argentino, de Bolivia y de Paraguay y tienen antepasados quichuas. “Era una forma de acercarme a la comunidad”, señala. 

En 2015, un encuentro casual en la Feria del Libro Infantil y Juvenil dio impulso a su cada vez más creciente necesidad de recuperar la lengua. Allí conoció a Iván Siachoque Campos, quien trabaja para la editorial Pequeño Editor. Juntos idearon el proyecto de recabar historias infantiles de la tierra de Eliza que se transmiten oralmente para escribirlas y darlas a conocer. Formaron el grupo Uyariy (“Escucha”) y obtuvieron a una Beca a la Creación del FNA.

Entre enero y febrero de 2017 el grupo hizo dos viajes: fueron a localidad de Herrera para hacer la preproducción del segundo viaje a Vaca Huañuna. En ese caserío signado por las sequías (el nombre significa “vaca muriéndose”) nació Eliza y allí entrevistarían a los pobladores. Para ello, el equipo sumó a la maestra rural Carla Pérez, encargada de facilitar la llegada a la gente. “Las personas de campo no somos muy comunicativas y tenemos otros tiempos”, explica Eliza.

Filmaron entrevistas con seis habitantes y tuvieron charlas informales con muchos otros. De esos encuentros surgieron tres historias que refieren a juegos de niños en el monte y a su realidad. Una de ellas, “La hermana menor”, se convirtió en un libro ilustrado que será presentado en la 44° Feria del Libro de Buenos Aires por la editorial Pequeño Editor. 

Un viaje a pasado

En su viaje, Eliza se encontró con una niñez parecida a la suya. “Es una infancia ligada fuertemente al trabajo; el arraigo de una tierra de sequías y espinas; la identidad consustanciada con el paisaje; y el juego infantil como hecho extraordinario”, dice. “Las familias son muy numerosas -explica- y los chicos son para trabajar. Es lo que me pasaba a mí. Ni bien te ponés de pie vas a hacer pequeños trabajos, como juntar el agua. El juego es si los adultos te lo permiten al caer la tarde, cuando terminan las tareas.”

También se reencontró con su prima, quien le devolvió palabras olvidadas, con maestros quichuístas y con personas que le permitieron conocer sus propias vivencias de chicos. Toribio, un señor de unos 50 años, le contó que de niño tenía un profesor que solo le enseñaba a hacer santos de barro y los vendía después; escuchó la preocupación de una chica de 17 años que teme que la formación secundaria que recibe no le alcance para hacer un terciario en la capital; y confirmó que en La Loma, un lugar alejado de caminos principales, hay chicos que no hablan una palabra de español. 

Cuando llegó a Vaca Huañuna las cosas no fueron fáciles. Hubo que convencer a la gente para que se dejase conocer y contase sus historias. El grupo recurrió a largas tardes de mate para entrar en confianza. Pero en los últimos días, cuando el equipo ya se volvía a Buenos Aires, los pobladores les ofrecían sus casas para pasar la noche. 

Eliza ya debía volver. Tenía mucho que decirles a los chicos de la escuela de Ciudad Oculta: que hablar quichua es un orgullo, que hay que animarse a contar la propia historia, y que no tienen que avergonzarse de ser quienes son. Y quería recitarles un poema que descubrió casualmente de chica y la marcó.

Señoras y señores yo soy india.
Soy esta y no me cambie por otra.
Devuélvame los pies desnudos,
de las espinas y el salitre de mi tierra.
Señores y señoras soy esta y no me cambie por otra.