El límite de lo privado

Leila Sucari, ganadora del 1° Premio Categoría Novela del Concurso de Letras 2016 del FNA, nos cuenta cómo cambió su vida a partir de la publicación de su primera novela.

Por Leila Sucari

Era diciembre y hacía demasiado calor. Quería que mi hijo durmiera la siesta porque tenía que terminar de escribir una nota y entregarla antes de las seis de la tarde. Me acosté y le di la teta durante un tiempo que me pareció eterno. Cuando al fin se quedó dormido, lo desprendí de mi cuerpo y lo acosté entre almohadones. Me levanté de la cama agotada, transpirada y de mal humor. Caminé en puntas de pie hasta la computadora, rogando no escuchar su llanto, y abrí la casilla de mails. Entonces me enteré: había ganado el primer premio del FNA. Leí el mail una y otra vez. Sí, no había dudas: Greta Kustu era mi pseudónimo, yo era Leila Sucari y mi novela se llamaba “Adentro tampoco hay luz”. Fui de la cocina al living dando saltos de euforia, llamé a mis maestras, a mi novio, volví a leer el mail, besé a mis gatos.

Mi novela, la primera, esa que había escrito en las noches de insomnio previas al parto y en los paréntesis de teta, iba a salir de mi computadora, iba a tener lectores. ¿Cómo se iba a transformar la historia? ¿Qué nueva vida tendrían mis per/sonajes? ¿Qué pensarían del barbudo, la nena, la abuela y el spa de agua estancada? El universo que yo había imaginado iba a mutar hacia mundos poco previsibles. Cada escena iba a ser reconstruida por otros. Mi libro iba a dejar de ser mío. Una parte de mi persona debía entregarse, correr los límites de lo privado. Si la escritura es intimidad, publicar es abrir el juego, exponerse desnudo a la mirada ajena, sentir el vértigo y la adrenalina.

Siete meses después tenía un ejemplar en la mano. No era de carne y hueso, pero casi. Pasé una noche entera oliendo sus páginas, mirándolo como si fuera una criatura recién nacida. Lo que siguió fue un torbellino de notas, invitaciones a programas de radio, lecturas y mensajes de gente desconocida a la que, por alguna razón, siempre tan distinta, le había gustado la novela. La primera entrevista fue para la tele. La pasé pésimo. No sabía cómo vestirme, qué decir, adónde mirar. Nunca sé qué decir cuando me preguntar cómo, qué y por qué. Improviso respuestas para tapar el vacío, pero en el fondo me siento una farsante. No sé realmente por qué escribo, ni para qué. Lo hago como leo: dejándome llevar por los párrafos, avanzando con ellos. Cada vez que termino una nota, un cuento o lo que sea, siento que es un milagro, que no voy a poder hacerlo de nuevo, que me salió de casualidad. Es que la escritura es más un misterio que un objetivo, un impulso sin rumbo.

Me fui relajando, aunque sigo pasándola mal cada vez que leo en público: la incomodidad de estar quieta con un libro en la mano mientras los otros te observan. El silencio, la imposibilidad de dar un salto o de esconderse detrás de un biombo, el esfuerzo de que no se te noten los nervios. El alivio y el vino del después. El premio del FNA fue el comienzo de un viaje, el de la exposición, y al mismo tiempo fue el empujón para seguir adelante y confiar en lo que hago. De no haber ganado, hubiera seguido escribiendo de la misma forma. La diferencia es que el reconocimiento te abre puertas y ventanas, y el dinero del premio -en un mundo donde vivir de la escritura es casi imposible- ayuda a solventar los gastos de la supervivencia y, de esta forma, da tiempo para seguir escribiendo. Es un respiro en medio de la vorágine de trabajos mal pagos y de la inestabilidad económica que suelen ir de la mano de los que deseamos dedicar nuestra vida a la escritura.

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